Kontxi Sagarzazu

Nació en Hondarribi en 1972, un precioso pueblo de pescadores, con aire medieval, de la costa guipuzcoana. Un lugar del que te llevas siempre un recuerdo inolvidable.

Siendo muy pequeña, su familia, por motivos laborales, tuvo que trasladarse a tierras asturianas, concretamente a Cudillero (uno de los pueblos más bonitos del mundo).

Pasó su infancia entre lanchas, el graznido de las gaviotas, las rederas, el olor a gas-oíl de los barcos, la fragancia del oleaje y el gran desfiladero que forman las casas al situarse unas encima de las otras.

Cuando era adolescente, circunstancias de la vida hicieron que volviera a las tierras vascas, a Donostia-San Sebastián. Ciudad elegante, señorial, que tiene de todo y que mantiene bien arraigadas sus costumbres y tradiciones.

Los primeros años aquí transcurrieron como si fuera una turista más. Una joven con aire flamenco a la que sólo le calmaba el olor del puerto y remar hasta la isla de Sta. Clara con la intención de ver su pueblo tras ella.

Poco a poco se dio cuenta que se encontraba bajo el Sagrado Corazón, ese que cuida la ciudad cuando se asoma la noche. Así que no le quedó más remedio que acostumbrase e ir adaptándose a la oportunidad que tenía delante de sus ojos.

Trabajó en aquello que dominaba, la natación. Fue socorrista y durante mucho tiempo enseñó a nadar con la intención de que nadie se sintiese indefenso ante el mar.

Después de unos cuantos años se vio obligada a colgar el salvavidas sobre la bella barandilla de la Concha, dejando el aroma a puerto para respirar y conocer el olor de la tierra, el olor del campo.

Se situó en la ladera sur del monte Igeldo, enclave muy especial cuando asoma la noche. A un lado, la ciudad que parece un árbol de navidad, y al otro, la naturaleza en todo su esplendor. Con gran esfuerzo se adaptó, se mimetizó, se colocó la txapela como una más.

Ordeñaba las ovejas, llevaba las vacas, hacía queso, cuajada, en definitiva se convirtió en una auténtica baserritarra. Aprendió todo lo que Juan Cruz le pudo enseñar, ese hombre con el que se unió para formar una familia y montar un agroturismo. Eso sí, sin perder sus raíces, su aire flamenco, tocando el acordeón, escuchando a Camela mientras recoge la hierba con el rastrillo y enseñando a todos todo lo que tiene, todo lo que ha aprendido, desde ese punto de vista de una persona que un día se sintió turista en esta tierra que tanto ama.

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