Juan Cruz Balda

Nació en Usúrbil en 1946, un pueblo guipuzcoano ubicado entre los montes Mendizorrotz y Andatza, en el valle que atraviesa el río Oria; está muy cerca del mar y a tan sólo 10 km de Donostia-San Sebastián.

Usúrbil es un pueblo muy antiguo de Euskal herria que está configurado por un casco urbano y diversos barrios rodeados de caseríos esparcidos por las laderas de las montañas. Se caracteriza por mantener muy arraigadas las tradiciones y la cultura vasca, y en especial, a juzgar por el número de vascoparlantes, por la conservación de la lengua vasca.

En uno de esos caseríos, concretamente en el caserío “ARITZETA” es donde nació Juan Cruz.

Su infancia transcurrió entre ovejas, pesebres y olor a queso recién fundido. Jugando a pelota en el frontón. Haciendo pequeñas chiquilladas en la cerca que rodeaba la casa torre del marqués. Dejando el rebaño por momentos para bajar al pueblo y ver el arrastre de piedra con los bueyes.

De esta manera cuando llegó a su adolescencia ya se caracterizaba por ser el chico que distinguía todo un rebaño de ovejas, las conocía una a una, sabia cada cual quien era. Un auténtico pastor.

Al comprobar que realmente esta era su pasión y que no veía muy claro su futuro aquí, cuando cumplió los 25 años decidió tomar rumbo hacia las américas, concretamente a Madera (California). Fueron cinco años en una caravana al cuidado de 5000 ovejas y solamente acompañado por su adorable amigo, su perro “mutiko”.

Motivos personales truncaron su sueño y no tuvo más remedio que aparcar su Lan-Rover, su sombrero y su bigote americano, y con el llanto envuelto en la maleta volvió de nuevo a su tierra natal, Euskal herria.

Dueño de su soledad pero en todo momento acompañado de la madre naturaleza, aprovechó todo lo que sabía para convertirse en el guardián de la montaña, para ser Juan, el pastor de Ibaeta, el que hace las mejores cuajadas de la ladera de Igeldo. El hombre incansable, trabajando bajo el anochecer donostiarra, con su típico y auténtico aspecto euskaldun. Tradicional, llevando sobre sí unas marmitas de leche por las calles de la parte vieja donostiarra, entre gente modernizada por los tiempos, por Fermín Calbetón o por una destacada calle 31 de Agosto.

A los 50 años se cruzó en su camino una muchacha un poco atrevida que le susurró “me enseñas”. No sólo le enseñó, sino que se unieron para formar una familia. Esa muchacha convertida ya en mujer es la que os presenta la historia de este hombre, la historia de esta casa. “LA CASA DEL PASTOR” - “ARTZAI ENEA”.

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